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INDICE:
HISTORIAS QUEREÑAS por Beatriz Corrales Ruiz (pseudónimo)
LA MAQUINILLA por Un Quereño

La Maquinilla
Quero, Batanejos, Villacañas, Lillo, El Romeral, Tembleque, El Casar de la Guardia, Huerta, Villasequilla, Castillejos, Las Infantas, La Flamenca, Aranjuez, Seseña, Ciempozuelos, Valdemoro, Pinto, Getafe...
En la escuela aprendiamos, como ejercicio de memorización, a recitar, una o más veces por los años 50 desde Quero hasta Madrid. Hasta que punto nos aprendimos el contenido de este ejercicio que lo recordaré de por vida.
También tengo en la memoria la imagen del diseño de la maquinita de tren que hacía el recorrido: Alcazar de San Juán-Quintanar de la Orden. Era un diseño verdaderamente bello. Y al ser una máquina pequeña le daba, aún, un encanto especial para los niños de pocos años, le llamábamos "la maquinilla".
Después llegaron los diseños más avanzados en máquinas de vapor de trenes. Eran utilizadas en los trenes de viajeros de larga distancia. También llevaba este tipo de máquina un tren de mercancías llamado "el pescaero" porque transportaba pescado desde el Mediterraneo a Madrid. Eran los llamados rápidos. Luego, las demás máquinas de trenes me parecían feas.
El ferrocarril nos aportó bastante beneficio económico en la casa familiar ya que teniamos posada cuando fué electrificado el tramo que pasa por Quero, y los obreros pernoctaban en la opsada. Durante una buena temporada teníamos colgado el cartel de COMPLETO.
Fdo.: Un Quereño. Quero, agosto del 2009

VIAJES A QUERO.
Adela, a lo largo de su existencia, había hecho muchos viajes. Cada uno con sus peculiaridades. Unos con atractivos paisajes, otros con sugestivos destinos. Pero, los que realizó en su niñez a Quero, pequeña aldea manchega perteneciente a la provincia de Toledo, le marcaron su vida por muchas razones.
Por eso, llena de ilusiones, proyectos e ideas decidió repetir el viaje.
Hace unos meses………..
Llegó a la estación de Atocha con bastante tiempo de antelación a la salida del tren. Tuvo que esperar, como siempre (era una costumbre horaria heredada de su padre), y se entretuvo observando cómo habían cambiado los trenes desde su etapa infantil. ¡Cuánta carbonilla había tragado en aquellos anteriores trayectos!
Mientras recordaba esos momentos, el reloj había seguido andando.
Se dirigió a los paneles de información y el tren estaba próximo a partir. Ya tenía que subirse al vagón.
Iba a recorrer un camino en busca de unas explicaciones sobre un hecho que le dejó dudas y asombro en una etapa de su vida. Y que ahora, al cabo de mucho tiempo intentaba esclarecer.
De paso, recopilaría datos que utilizaría en su actual empleo.
Adela trabaja en un laboratorio farmacológico donde se investiga para conseguir fármacos que puedan servir para la reconstrucción de tejidos humanos. Algún producto que sea eficaz en la curación de quemaduras o heridas difíciles de cicatrizar. Ahí estaba el “quid” de la aventura.
Meses atrás que entre probetas y demás artilugios recomponía fórmulas, recordó esa etapa de su niñez y pensó en la posibilidad de ayudar en la labor de investigación. Y ese, era en parte, el motivo de su viaje al pasado.
El destino era Quero.
Cuando Adela frecuentaba el pueblo, por los años cincuenta y pico, estaba compuesto por unas casas bajas, su iglesia, además de la ermita de la Virgen de las Nieves, su molino y en la plaza, un edificio más destacado, que era el ayuntamiento y nada más. No había comercios, sólo campo.
Al decidir volver a ese lugar, ella confiaba en que su entorno natural no se hubiera alterado demasiado, así que con incertidumbre y expectación emprendió el viaje recordando los pormenores ocurridos mucho tiempo atrás………….
Su madre, en los años posteriores a la guerra contrajo una tuberculosis cutánea con heridas profundas y dolorosas en las piernas que ni los médicos ni las hidracinas
conseguían atajar.
No sabía por que medios, a su madre le llegó la noticia que en el citado pueblo había una mujer que tenía habilidades especiales para curar heridas.
¡Y allí, a Quero, se fueron los martes de muchas semanas durante meses, Adela, su madre y sus hermanos!
Su madre preparaba unos bocadillos para comer y temprano se montaban en el tren que iba dirección a Alcázar de San Juán. Después de dos largas horas de traqueteos rítmicos llegaban, a una destartalada y maloliente estación que la mayoría de las veces estaba desierta.
Desde allí, tenían que andar y andar, casi 4 kilómetros, por una carretera sin asfaltar bordeada por unos chopos que les daban sombra en verano y miedo en invierno por sus fantasmagóricas ramas. Sin más compañía que el canto chicharreante de las cigarras en los días cálidos o el viento silbante de los días fríos.
Al empezar el camino lo hacían con el “corre corre que te pillo” después el ritmo se aminoraba hasta que, a lo lejos, empezaban a distinguir la torre de la iglesia y las primeras casas que les animaban en la marcha.
Cuando, por fin, entraban casi exhaustos en casa de la tia Velasca, que ese era el nombre de la mujer en cuestión, la madre de Adela le entregaba una botella de aceite de oliva y una vela. Velasca les ofrecía agua fresca de una cántara que tenía tapada con un paño blanco encima de una repisa y un trozo de hogaza con pasas que les sabía a “gloria” y les revivía.
Era una estancia con chimenea de leña, pucheros de barro ennegrecidos y paredes ahumadas.
Velasca inspeccionaba las heridas con necrosis de las piernas de la madre de Adela.
Poco después, les decía que volviesen en un rato y desaparecía………….
Aprovechaban para comerse el bocadillo y jugar entre todas las hierbas y piedras que rodeaban a la casa.
Al volver, Velasca aplicaba sobre las heridas de las piernas de la madre de Adela una capa de una especie de pomada blanquecina y su saliva. Toda esta ceremonia amenizada por una letanía poco entendible.
Reiteradamente esto sucedió hasta que a la madre de Adela, incomprensiblemente para los médicos, se le cerraron las heridas y sanó.
Después iban periódicamente cada cierto tiempo a llevar el litro de aceite y la vela y recogían un tarro de ese ungüento.
Ungüento que, perduró en su casa familiar durante mucho tiempo y que era remedio para todas las heridas.
Más tarde, sin saber cuándo ni porqué, los viajes se suspendieron, pero Adela si que recordaba que un día, cuando por el tiempo ya se había establecido una confianza entre Velasca y su madre, ésta le preguntó:
----------Velasca ¿qué es lo que curan las heridas?
----------Es la naturaleza, la naturaleza y poco más. Respondió en aquella ocasión Velasca.
Esas palabras se le quedaron grabadas a Adela recordándolas muchas veces y, también la existencia de gran cantidad de hierbas que crecían alrededor de la casa.
Ahora, hace unos meses Adela intentaba volver a la escena y encontrar unas pautas naturales de aquellos hechos. Las ortigas, dientes de león y demás matas daban vueltas en su cabeza y aumentaban sus deseos de buscar unas explicaciones a esas vivencias y si era posible contribuir a hallar algún ingrediente para esas fórmulas que intentaba conseguir.
Pero……….volvió decepcionada.
De los recuerdos que ella pensaba que tenía claros no encontró ni rastro.
Las casas viejas se mantenían como monumentos. De las personas más mayores de aquel tiempo no quedaba nadie y los de ahora no sabían nada de Velasca . Los dolores los combaten con acetilsalicìlico y acuden a la cirugía para corregir heridas. Algunas casas se habían transformado en adosados y el campo en asfalto y polígonos industriales.
Así que, sólo pudo recopilar unos comentarios que le dijeron que las aguas de la Laguna de Taray, próxima al pueblo, se creía que tenían propiedades curativas para problemas cutáneos y reumáticos. Además de la existencia de un yacimiento de sulfato de magnesio en la Laguna Grande.
También le informaron de unas investigaciones que se realizaron a nivel de efectos paranormales en las casas-silo que existen medio derruidas.
O sea que, lo que más podía valorar Adela de este nuevo viaje a Quero eran sus recuerdos.
Rememoraciones de aquellos trayectos en trenes de ventanillas mal cerradas en invierno y de hedor humano en verano, de las acogidas en casa de Velasca y sobre todo, de viajes importantes para ella ya que en ellos estaba la salud de su madre.
Viajes que le enseñaron a valorar el espíritu de sacrificio de una persona, su madre, que acarreando tres hijos se hacía estos trayectos.
En ellos aprendió a observar la naturaleza y se formó, en parte como persona y también a comprender que en la vida:
“Hay verdades que parecen mentiras y mentiras que pueden ser verdad”
Mª L. Munuera

Historias Quereñas
Llevo más de la mitad de mi vida viviendo en Madrid y me gusta vivir en esta ciudad. Por otra parte ya no tengo ningún familiar en Quero, pero reconozco que año tras año cuando se acercan las fiestas, algo me impulsa a volver a mi pueblo.
He oído decir alguna vez que somos del lugar dónde hemos vivido nuestra infancia. Volver allí cada año significa para mí enfrentarme al paso del tiempo y a recuerdos a veces desdibujados y a veces muy presentes en mi vida que han ido conformando mi personalidad y mi historia personal. Significa también, un momento de balance personal donde contrastar si he hecho realidad los sueños y proyectos que me forjé durante mi infancia y juventud. Y al mismo tiempo la oportunidad de pedir a nuestra Virgen de las Nieves la protección para mi familia durante el próximo año.
Son días de vuelta a mi infancia y adolescencia, de sumergirme en recuerdos unas veces dulces y otras, muy amargos. Siempre he pensado que es una suerte ser de un pueblo, por que éste permite volver a ese lugar y reencontrarte con tu pasado.
En este volver cada año a Quero se me ocurre que como a mí, habrá muchísimos quereños y quereñas a los que les ocurra lo mismo y me gustaría abrir un lugar de encuentro para estas vivencias, porque pienso que en la historia de cada uno siempre hay algo de la de todos.
Me encantaría que me contaran historias de quereños no buscadas en archivos históricos, ni en excavaciones arqueológicas, sino rescatadas de nuestra memoria o de la memoria de nuestros mayores. Sencillos homenajes a nuestros familiares o a personajes populares y conocidos por todos, como por ejemplo, nuestros maestros. Historias ligadas a los lugares típicos de nuestro pueblo, a nuestras tradiciones, oficios, fiestas, lugares típicos, etc.
Se me ocurre por ejemplo, cuántas emociones puede sugerir a cualquier quereño un personaje tan entrañable para todos como Julio el confitero. Siempre recuerdo la alegría con que yo pasaba cada domingo por el patio de su casa para llegar a una habitación a modo de cueva donde guardaba en botes de cristal grueso sus maravillosos dulces. Y cómo, mientras sacaba con sus manos temblorosas uno de aquellos bizcochos de limón, bañados en una capa crujiente de azúcar cristalizado, aumentaba mi impaciencia mientras mi boca se hacía agua. O qué decir de las pastas de almendra, de las rosquillas bañadas en coco o de los pasteles con crema y una guinda arriba que hacía para el día de la madre, de las tortas de Alcázar con que se obsequiaba a las recién paridas, etc. Seguro que todos tenemos momentos importantes de nuestras vidas ligados a alguno de estos entrañables dulces. Alguna vez he oído decir a algún quereño que probablemente Julio estará de Confitero Mayor en el Cielo.
Me gustan las historias contadas en primera persona, que no tendrían por qué ser fidedignas puesto que lo importante es cómo las hemos vivido, cómo han marcado nuestras vidas y cómo las recordamos.
Espero vuestra pequeñas historias en la dirección de correo electrónico
Beatriz Corrales Ruiz (pseudónimo)
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